El Regalo

Algunas historias terminan el el medio – así es la

La arena contra su espalda, su cabeza contra su pecho, y el sol contra sus párpados, estaba él contento con el quinto aniversario de su matrimonio. Gabriel e Isabel se casaron en una playa. Era otra, una preciosa y escondida por una isla chiquitita en el pacífico. Ambos querían la música de las olas en el fondo. Ambos querían que fuera pequeña la boda, íntima y tranquila en vez de formal y grandiosa. Y resultó bien. La felicidad tenía harto alojamiento todos los días – sin sorpresa. Con estos dos, la felicidad era ya un visitante frecuente, un compañero bien conocido.

Viajaron para celebrar este aniversario. Decidieron que fuera el último antes de que intentaran tener hijos. Como había que despedirse de una época y saludar otra, había que hacerlo bien, hacerlo correcto. Naturalmente, había que ir a una playa. Gabriel movió su mano lentamente por su pelo, acariciando su cabeza con timidez. Sospechó que estaba dormida. Pero, tenía que hacer algo. Recordar lo que compartía con ella siempre le daba miedo de que no fuera real. Para asegurarse, se asegura de su presencia. Busca la suave fragancia de su piel, la imperfecta melodía de su voz, la morena eternidad de sus ojos. Y así tranquiliza el corazón – por el momento.

La tarde, se parecía, pedía una audiencia. Un espectáculo de luces pintaba el cielo, las nubes. El sol bajaba, fielmente acercándose al agua, la que aún no se había cansado de ese beso brillante. Respiraba Gabriel, y apreciaba. Un universo enigmático, a veces, nos regala transparencia, claridad, certidumbre. Y nada era más verdadero en el mundo de Gabriel que el amor que compartía con Isabel. El viento llegó a acompañarlos, y a la vez se fue el calor. El cuerpo de Isabel respondió sutilmente. Gabriel se sonrío. Su ternura al despertarse era una de esas cosas que sin razón ninguna le encantaba.

“¿Ya estás despierta, mi amor?” le preguntó Gabriel. No contestó.
“¿Se despertó?” le preguntó de nuevo, y la apretó con un abrazo.
“Yaaa, pohhh, Isabel. Mi amorcita, despiértate. Despiértate.”

Se despertó, mientras Isabel seguía soñando. Gabriel se había quedado dormido al lado suyo, y le estaba hablando Rodrigo.

“¿Cómo estás, hermanito?”
“Agradecido por un dulce recuerdo,” respondió Gabriel.
“¿E Isabel?”
“Estable.”
“¿Vas a dormirte en el hospital de nuevo esta noche?” preguntó Rodrigo.
“Sí.”
“¿Hasta cuándo?”
“Hasta que se despierte.”
“Gabriel, no sabes si se vaya a despertar.”
“Los médicos tampoco saben.”
“Han pasado tres años. Por tres años, has pasado cada noche en este maldito hospital. Se te están esperando tus amigos, tu familia, tu vida. ¡No puedes seguir así siempre!”
“La voy a esperar.”
“Gabriel, por favor. Te necesitamos nosotros también.”
“Ella me necesita más.”
“Ni siquiera sabe que estés aquí, en esta silla. No percibe. No piensa. No está en esa cama la Isabel que todos nosotros amamos.”
“Sí, está. Y si de verdad la amaran, también la estarían esperando.” Gabriel creía eso con todo su corazón.
“¿Esto querría ella? ¿Ella querría que tú malgastaras tu vida así?”
“¿Querría que fuera feliz,” dijo Gabriel.
“¿Y lo eres?”
“Pronto lo seré.”
“No, Gabriel, así no. No te hagas esto. Estás siempre en el presente. Quédate en una ilusión del pasado o una esperanza para el futuro, y la vida te pasará y ni te darás cuenta. La felicidad es una decisión, y la vida es demasiada corta para no tomarla.”
“Es una cosa estar feliz y otra cosa serlo. Fácilmente podría seguir con mi vida y estar perfectamente feliz. Pero, sin ella, nunca más seré feliz en esta vida. No puedo soltarla, Rodrigo. Te juro que no puedo.”

Las lágrimas corrieron, acostumbradas ya al trayecto de esas mejillas. Tres años, y no dolía ni un poquito menos. Se enterró la cara en las manos, sollozándoles, rogándoles una explicación, una justificación, “¿Por qué? ¿Por qué ella?” Rodrigo dejó su molestia, levantó a su hermano menor y lo abrazó, pensando no todo tiene sentido, hermanito; no todo tiene razón. 

Nadie lo esperaba. El quinto lo pasaron perfectamente. Estaban listos para regresar a trabajar. Emocionados para comprar una casa. Nerviosos para ser padres. Eran felices. Y ahí ocurrió. Un día, no se despertó Isabel. Los médicos revisaron todo varias veces. Y se supieron solamente dos cosas – estaba en un coma profundo, y tenía una condición cardíaca. Su cerebro la mantenía viva, pero hacía poco más que eso. Gabriel, en un instante, perdió todo. Y sabía que todo tenía que recuperar. Superaría esta prueba; lo haría para los dos.

Seguía trabajando para poder pagar su tratamiento. Y el trabajo que no podía terminar, lo traía al hospital. De hecho, traía todo, y todo entregaba. Canciones para que pudieran navegar juntos un mar de recuerdos. Películas para que pudieran reírse, asustarse y desahogarse juntos. Su comida favorita para que juntos pudieran comer rico. Fotos, videos y noticias de lo que estaba pasando en el mundo. Manos para que pudieran descansar en las suyas. Labios para que pudieran rezar por su frente. Un esposo para que lo tuviera su esposa. Así aprendió amar. Y así seguiría amando.

Nadie lo entendía. Los empleados del hospital, por ejemplo, eventualmente cuestionaron su salud mental. Aunque, más que nada, les daba pena – con una excepción.

Sami es enfermera. Su primer día como profesional coincidió con el día en el cual se ingresó en emergencia Isabel. Inevitablemente, ella y Gabriel se volvieron a conocer. A Gabriel le gustaba conocer, que fueran lugares, ideas o gente. Además, estaba presente en el hospital casi igual de a menudo como los trabajadores. En las noches, mientras se dormían los pacientes, estaban despiertos los profesionales – y estaba despierto Gabriel, leyendo, trabajando y, de vez en cuando, conversando.

Sami es joven. Recién recibió sus primeros pacientes. Recién comenzó a cuidar a otros humanos. Recién se enfrentó al sufrimiento. Tal vez por eso ella buscaba oportunidades para ofrecer alivio. Años de pérdida e injusticia aún no habían deformado el valor intrínseco que asociaba con el ser humano. La angustia todavía le llamaba la atención. Entregarse aún no le costaba. Cuando estamos presentes, cuando escuchamos en vez de oír, sentimos en vez de tocar, vivimos en vez de existir, lo que importa no se pierde entre lo que se presenta. Sami, si nada más, estaba presente. Tal vez por eso los gritos del alma de Gabriel impregnaban el aire. Tal vez por eso decidió hacer algo al respeto.

Sami tampoco tenía una historia hermosa. Sus padres se divorciaron cuando tenía nueve años. Su papá era drogadicto que pegaba a su mamá. Y su mamá era drogadicta que pegaba a ella. Casi todos sus amigos seguían tranquilamente los caminos de sus familias. Caminos que tenían fines oscuros, fines predecibles. Ella era esa persona – la que quería tener éxito solo porque el mundo no lo quería. Pero, por todo lo que intentaba, igual ganó la vida. Se embarazó durante el verano antes de empezar en la universidad. El chico, su novio en esa época, el que ella amaba tanto, la abandonó. Quería algo diferente para su hijo. Algo mejor. Sin embargo, para ser estudiante y madre a la vez, requeriría ayuda, apoyo. De su propia familia, no podía esperar nada. Así qué llamó a una amiga. Una que ni siquiera conocía tan bien. Y contestó. Con la gracia de dios, contestó.

“¿Cómo estamos hoy, Isabel? ¿Y tú, Gabriel?” preguntó Sami mientras entraba. Rodrigo ya se había ido, y había que cambiar las sábanas.
“Bien. Cansado, pero bien. ¿Y tú? ¿Y el pequeño rey?” Gabriel respondió para los dos.
“¿Basilio y yo? Más felices que nunca. Llevamos un año en el departamento ya. Y mi wachito cumple siete años en algunas semanas,” dijo Sami con una calma entrenada.

Se supone que la mayoría de la comunicación que realizamos nosotros no es verbal. Lo que decimos, en gran parte, decimos con nuestros cuerpos. El lenguaje corporal es como cualquier otro. Hay que practicar para hablarlo con fluidez. Algunos hablan mejor que otros, y algunos escuchan mejor. Gabriel tenía un oído impeccable. No siempre podía describir por qué o cómo llegaría a concluir que alguien estuviera distraído o ansioso o lo que sea; pero usualmente tendría razón. Esa noche, para Gabriel era obvio. Sami era bien profesional, bien comprometida a su vocación, bien determinada a compartir alegría. Aún así, la tristeza la cubría como el sarampión, como una quemadura horrorosa. Quizás era tan obvio para Gabriel porque se sentía algo parecido. Quizás su corazón sentía el suyo, porque allí las palabras no pasan por el cerebro.

“Sami, todo está bien, ¿cierto?”
“Sí, por supuesto, poh. ¿Por qué?” Sami le respondió mientras revisaba la ficha de Isabel.
“Si no quieres decirme, está bien; no te molesto. Pero, pensé que te preguntaría, por si acaso quisieras compartir.”

Sami paró de escribir, y lo miró. Sabía que sabía.

“Es Basilio,” dijo ella entre respiros. Volvió a la ficha – esta vez, con los ojos cerrados.
“Ah, Sami, entiendo que es difícil. Ser una madre soltera puede ser complicado, exigente, estresante y mucho más. Es como otro trabajo…”
“No, no es eso,” interrumpió Sami. Una gota mojó un rincón de la ficha.
“¿No le va bien en la escuela? Recién ha empezado; no te preocupes. Pronto a él le gustará…”
“No, Gabriel. Todos lo adoran, todos lo aman, lo necesitan, y nadie más que yo. Eso es parte del problema.” Sami estaba llorando, sin mover, sin hacer ningún ruido. Se lo había enseñado bien la vida.
“Perdón, pero no entiendo.” El corazón de Gabriel entendía perfectamente. A veces, resistimos reconocer algo hasta que estemos obligados hacerlo. Pero, ignorar la lluvia no la impide. Ver o no ver el relámpago, igual llega el trueno.
“Está perdiendo, Gabriel. Está luchando, y está ganando el cáncer.” La ficha abrazó la lluvia, la consumía.
“Sami, ¿qué estás diciendo?” Gabriel no quería creerlo. No podía.
“Está por todas partes, Gabriel. En todo su cuerpecito. No sé qué hacer. Es el único que tengo en esta vida, y ahora a él también lo voy a perder.” Movió. Movía su cabeza, lentamente, de un lado a otro. Como un viejo reloj, gastado por contar más tiempo que puede recordar.
“Sami, tienes que ser fuerte. Para él, tienes que mantener tu fortaleza, tienes que tener fe.” Gabriel dijo esto mientras él mismo estaba al punto de extirpar y exponer su propio pena, su propia debilidad. En lugar de eso, ofreció a Sami algunos pañuelos.
“En cualquier momento, Gabriel, me voy a desaparecer. No es algo que sepa; es algo que sienta. Y quiero que nadie me venga a buscar. Solo quiero que le digas a Isabel, ‘gracias por todo.'” La confianza en su voz dio a sus palabras un peso, las imbuyó con un mensaje.
“Sami, no hables así. La vida da, y la vida quita. Siempre así ha sido, y siempre así será. Para todos. Además, tu vida no es solo tuya. Tienes que pensar en todas las personas que te quieren.”
“No me voy a suicidar, idiota.” Sami no pudo evitar una sonrisa.
“Me asustaste, aweonada.” Gabriel no pudo evitar un poco de alivio.
“¿A Isabel le molestaría si me dieras un abrazo?”
“Usualmente, diría que sí. Pero, siempre hay una excepción. Ven, amiga.”

Se abrazaron. Y después de esa noche, Gabriel no la vio más.

Sami se quedó al lado de su hijo. Por nueve días, no salió del hospital. Temía la idea de no estar para despedirse de él. La muerte caprichosa e infatigable la tenía aterrada. Su pequeño rey era su guardián. La defendía, la protegía. Un caballero era, uno de puro piel y hueso. De cabeza desnuda. De ojos cada día menos brillantes. De ganas cada día más calladas. Del fuego cada día menos ardiente. Su vida partía como una verde hoja en el otoño, una caída incomprensible, inevitable. Sami no lo podía soportar. Sin embargo, cada vez que lo pensaba, miraría a su hijo, a su valiente luchadorcito. Y se daría cuenta de su suerte, la mala y la buena. Su tiempo con él se estaba acabando demasiado rápido, demasiado pronto. Pero, todo se acaba. Que igual buscamos y encontramos significado es impresionante. Es humano. Sami era agradecida. Pasó rápido, pero no lo podría haber pasado mejor.

Una noche, una hoja hermosa bendijo el suelo, aterrizando con una paz desgarrador. Llegó, y Sami se fue.

– JiNiT

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